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A las dos en punto del 23 de junio suena el fabiol (tradicional flauta de caña) en Ciutadella.
Empiezan las fiestas de Sant Joan que tienen lugar el día mas largo del año para celebrar –según la más purista tradición del medievo– el fin de la oscuridad y escasez del invierno.
Hoy se viven con orgullo y emoción porque desde el siglo XIV los ciudadelanos atesoran –prácticamente sin alteraciones– una tradición milenaria en la que los jinetes (caixers y cavallers) son los auténticos protagonistas de la fiesta.
Van ataviados con indumentaria de etiqueta y representan la antigua sociedad de la villa: nobleza, clero, artesanos y payeses.
Tal como lo hacían las antiguas obrerías ocupan ese cargo durante un bienio.
Bien entrada la madrugada del día 25 frente a la casa del cura (sa capellana) suena un último y triste toque de fabiol seguido del protocolario “ Hasta el año que viene, si Dios quiere”.
Quedan entonces 364 días en el particular calendario de un pueblo que ha puesto esta fecha como referente cotidiano. Entre el primer y último toque, en dos días de auténtico vértigo, desfilan estampas sorprendentes acompañadas de aromas, sonidos y sensaciones que resultarán inolvidables para todo visitante.
No hay que perderse el sonido del trote de los caballos sobre cualquiera de las calles empedradas del casco antiguo que no hayan sido cubiertas con arena.
Tampoco se puede dejar de escuchar la pausada voz de la abadesa del convento de Santa Clara respondiendo a la petición del caixer senyor, quien solicita una oración que proteja a los caballeros durante las arriesgadas justas y torneos –también de origen medieval– que tendrán lugar un poco más tarde, tras el caragol denominado de los casados, en pleno centro de la ciudad antigua.
Datos para viajar a Menorca:
- Capital: Maó
- Superficie: 701,80 km2
- Densidad: 133,12 hab./ km2
- Población: 92.434 habitantes
- Municipios: 8
Más información para viajar a Menorca:
www.netmenorca.com
El sueño de todo arquitecto es que su obra pase a la posteridad como algo grande. Pero cuando José María Coderch construyó el hotel Meliá de Mar, quizás no esperaba que la repercusión del edificio fuera la que finalmente ha sido: el establecimiento se alza en Illetas (Palma de Mallorca) como un referente de lujo, diseño y distinción en la isla. Y desde hace unos meses aún más. Porque el pasado 1 de mayo, el hotel reabrió sus puertas tras una profunda reforma, de manos del prestigioso arquitecto Álvaro Sans y el estudio de arquitectura G56.
El nuevo Meliá de Mar invita a sus clientes a jugar con los cinco sentidos, a limpiar su mente y llenarse de energía. Para ello, una de las mejores sugerencias es la nueva piscina para adultos, que con su fondo negro y sus cientos de pequeñas luces, crean la ilusión de estar nadando en un cielo estrellado.
Por otro lado, en la nueva terraza del Gabi Lounge convergen cielo, tierra y mar para crear una experiencia plenamente sensorial, gracias a las camas balinesas privadas instaladas en esta zona, que cuentan con servicio de mayordomía continuo y con todo tipo de atenciones vip. Un lugar ideal donde disfrutar de los mejores y más actuales cócteles.
Aunque para descansar, lo más importante es la calidad de las habitaciones. Son un total de 144, todas ellas con espectaculares vistas al Mediterráneo y dotadas de todas las comodidades posibles para hacer de cada estancia una experiencia inolvidable. Una parte de ellas están además integradas en el servicio The Level, uno de los nuevos conceptos de Meliá, que ofrece exclusividad y elitismo a los clientes más exigentes.
Exposición permaente.
El arte es otra de las apuestas del hotel que, después de su reciente renovación, ha convertido los pasillos en envolventes galerías. Allí se exponen algunas obras de carácter vanguardista mediante lámparas cilíndricas compuestas por cuadros de diversos pintores europeos emparentados con el arte contemporáneo y el movimiento abstracto.
RECIÉN INAUGURADO
Entre las novedades del Meliá de Mar figura el Yhi Spa, que permitirá a sus clientes revitalizar cuerpo, espíritu y mente mediante los mejores tratamientos corporales inspirados en las antiguas tradiciones asiáticas y en las costumbres locales. Y especialmente orientados al sentido del gusto están el restaurante Quatre, una nueva idea gastronómica multidimensional donde Oriente y Occidente se mezclan ofreciendo cuatro experiencias distintas en un solo concepto; o el Gabi Lounge, un espacio donde desconectar que ha sido especialmente diseñado para mezclarse, sentir el ritmo, tomar una copa y disfrutar. Un marco idílico para la celebración de bodas y banquetes, así como eventos y convenciones.
EN TODA FAMILIA llega un verano en el que se produce el gran cisma: los padres quieren arrastrar al adolescente de vacaciones con ellos y el zagal se revela, argumentando que se aburrirá y, sobre todo, que ya es suficiente mayor como para tirar por su lado. Sin embargo, hay algunos destinos que pueden suavizar la polémica. Uno de ellos es Eivissa. Solo hay que enseñarle al niño alguna imagen de las tremendas gogós semidesnudas que se contornean en las zonas de marcha. Y el pez pica el anzuelo. Los padres, por su parte, tienen bien claro cuál es su apuesta: apartarse del bullicio de la ciudad de Eivissa, Sant Antoni o Santa Eulàlia, e intentar descubrir los rincones más tranquilos de este paraíso balear. El primero podría ser Santa Agnès. Ubicado en una fértil región, este municipio está compuesto por una iglesia, un supermercado, algunos bares y unas pocas casas, y de ahí su encanto rural. Por lo tanto, su mayor atractivo reside en el paseo tranquilo por los campos que bordean el pueblo, entre naranjos, limoneros y almendros, que contrastan con el tono entre ocre y rojizo de la tierra y los verdes pinares.
PAZ Y AMOR
Sant Carles –punto de partida de las carreteras de playa de la parte oriental de la isla– se ha ganado una sólida reputación como lugar de residencia de extranjeros y punto de encuentro hippy. Vale la pena deambular por el mercadillo de los sábados, con una maravillosa selección de ropa y joyería hechas a mano. Un tercer rincón bucólico sería Santa Gertrudis, en el corazón de la isla. Es una población muy conocida por sus tapas, bocadillos y montaditos, que pueden degustarse en el interior del Bar Costa, admirando las pinturas de artistas locales, que adornan las paredes. Son cuadros nacidos en los 60 y 70 del siglo pasado, cuando los ibicencos aceptaban el pago en especies por la comida que ofrecían a la comunidad de artistas y hippies foráneos afincados en la isla. Finalmente está Sant Josep, un pueblo con encanto y sin estridencias, donde degustar la típica gastronomía lugareña –como el sofrit pagès–, ir de compras o tomar el fresco por la noche en alguna terracita. A parte de estos pueblos, Eivissa ofrece también algunas estampas naturales de gran belleza, como es la cueva de Can Marçà, en Port de Sant Miquel. Antes de entrar, espectaculares vistas del mar; una vez dentro, un mundo de sobrecogedoras formas que se han ido esculpiendo por la acción del agua a lo largo de la historia. En el corazón de la cueva se desarrolla un impresionante espectáculo musical y de luces. Aunque para luz, lo mejor es madrugar y viajar a primera hora de la mañana hasta las salinas, uno de los paisajes más preciosos de la isla. Se encuentran muy cerca del aeropuerto y tienen exactamente la misma función que antaño: durante el verano, el agua de los estanques se evapora, dejando a la vista una capa de pura sal que, con la salida del sol, reluce con un fulgor especial. Justo a la misma hora, que el jovenzuelo regresa a casa. Hay gustos para todos.
