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Una sugerente y evocadora estela british pulula entre el gentío y el frenético torrente de vida de Calcuta.
Y es que la que fuera primera capital del Imperio británico, sigue atesorando los vestigios de ese pasado colonial, que late en sus monumentales construcciones, en el ordenamiento urbanístico ausente en otras ciudades indias y, cómo no, en los grandes taxis a imagen y semejanza de los londinenses.
Sin olvidar los autóctonos rickshaw, carros que únicamente aquí siguen funcionando a base de tracción humana.
El gobierno comunista los prohibió y dejó de conceder licencias, pero no retiró las ya dadas pues consideraron que la pérdida del trabajo para quienes no tenían nada más era mucho peor que seguir ejerciendo de hombre caballo.
Lo cierto es que al llegar a la ciudad apabullante de Calcuta siempre deja un poco bloqueado al viajero, que es posible que ni imaginara todas las posibilidades que ofrece.
Porque Calcuta es tan extensa y variada que un paseo requiere de cierta preparación.
Una buena idea es empezar por la visita al Museo de India y hacerse así una imagen de la rica cultura en la que vamos a sumergirnos. Un paseo por la parte colonial de la ciudad ofrece una idea de su pasado británico, con edificios tan emblemáticos como el Memorial Victoria, el General Post Office, la Nacional Library o el imponente Edificio de los Escritores.
Y de la experiencia histórico-cultural a la antropológica, al enjambre humano y vegetal del Mercado de las Flores, situado junto al río Hooghly que divide en dos la ciudad.
El río lo cruza el puente Rabindra Setu, también conocido como Howrah –la ciudad que queda en la otra orilla–, uno de los más transitados del mundo.
A poca distancia del puente, es más que recomendable detenerse a contemplar la ajada belleza de los antiguos baños de la Armenian Ghat, el nombre que recibe esta parte del río, y contemplar los gestos cotidianos de quienes acuden al Hooghly a asearse o a rezar a sus dioses.
Desde aquí podemos acercarnos paseando al Palacio de Mármol, la joya arquitectónica de Calcuta, en cuyo interior se aloja una interminable recopilación de artefactos y objetos de todo tipo y de todo el mundo, recogidos en su afán coleccionista por el Raja Rajendra Mullick, el constructor de un palacio tan singular que hasta incluye un zoo.
De vez en cuando conviene una parada persiguiendo algún aroma a especias, tal vez en un café a pie de calle, para de- gustar el famoso té de Darjeeling, procedente del norte del estado. O acercarse a la terraza del hotel Fairlawn, cuya ar- quitectura colonial, sus intensos tonos verdes y su exuberante jardín conforman un exótico y apacible remanso de paz entre el bullicio.
Así es Calcuta, una miscelánea de valores y costumbres, de ritos y credos, del que son paradigma esos estudiantes indios que juegan al británico críquet en el céntrico parque Maidán, junto al río, en el pulmón mismo de una ciudad que palpita sin pausa.
Datos para viajar a Calcuta:
- País: India
- Estado: Bengala Occidental (India)
- Superficie:185 km2
- Población:14.580.544 habitantes
- Moneda:Rupia
- Idiomas:Bengalí, hindi, urdu, inglés
Cómo volar a Calcuta:
- Lufthansa :www.lufthansa.com
- Jet Airways:www.jetairways.com
Más información para viajar a Calcuta:
www.incredibleindia.com
www.westbengaltourism.gov.in
www.calcuttaweb.com
Chandigarh responde al sueño utópico del primer ministro indio Jawahar Lal Nehru y a la planificación del arquitecto suizo Le Corbusier. Creada en 1952, la capital del Punjab actúa como un contraste explícito con el resto del país. Frente al caos de la mayoría de poblaciones de India, en Chandigarh reina el orden, fruto de un plan urbanístico integral que contempló manzanas cuadriculadas, calles bien demarcadas, carriles bici y multitud de parques y zonas verdes. Incluso se creó una laguna artificial, el Lago Sukhna, de tres kilómetros cuadrados.
Si India ya es un lugar que sorprende de forma continua al visitante, el asombro adquiere cotas alucinógenas cuando se cruza el arco de entrada del Rock Garden de Chandigarh, ciudad diseñada bajo los auspicios del racionalismo del arquitecto suizo Le Corbusier después de que el país proclamara su independencia.
Pero mientras la capital del Punjab se muestra como una urbe ordenada y planificada hasta el mínimo detalle –consta de 60 sectores totalmente autosuficientes–, uno de sus mayores atractivos, este jardín de rocas, rompe por completo con cualquier asomo de realidad, difuminando las fronteras con el mundo de los sueños de la mano de un espacio donde la naturaleza se desborda sirviendo de hábitat propio de una población de piedras de formas imposibles y esculturas elaboradas mediante el reciclaje de desperdicios urbanos e industriales.
El Rock Garden, inaugurado en 1976, recuerda a muchas cosas, pero solo consiguen acercarse a su esencia, nunca explicarla por completo. Un lugar inédito de dos hectáreas donde se mezcla el modernismo de Gaudí (los barceloneses lo relacionarán de inmediato con el Parc Güell), el surrealismo de Dalí, el realismo mágico suramericano, el arte ancestral, las fábulas oníricas, los relatos kafkianos, los guerreros de terracota de Xian… Cada cual puede establecer la conexión que le parezca más adecuada, aunque este jardín no puede comprenderse desde el cerebro, sino que uno debe acercarse a él desde la más pura intuición. Igual que su autor, Nek Chand, que rescató de las profundidades de la imaginación un reino perdido que solo existía en sus sueños.
Rock garden, la obra maestra del reciclaje
Igual de extraña que el propio Rock Garden es la historia de su creación.
Sobre todo porque supone un oasis de improvisación en una ciudad planificada al milímetro.
Nek Chand, después de que India lograra independizarse de Gran Bretaña, se trasladó con su familia a Chandigarh. Allí comenzó a trabajar como inspector de caminos para el departamento de Obras Públicas.
De día se dedicaba a recorrer las vías en bicicleta y de noche se centraba en su pasión oculta: recoger piedras y rocas naturales.
Entre sus idas y venidas por la jungla que circundaba la ciudad, encontró un espacio cruzado por un riachuelo que comenzó a despejar para construir su jardín particular. Aunque debía hacerlo a escondidas, ya que era un terreno destinado a levantar casas para los habitantes de la ciudad.
Según explica la historia, entre 1958 y 1965 se dedicó a cultivar su particular hobby, recopilando no solo piedras, sino también cualquier desecho y desperdicio surgido de las viejas aldeas que se tiraban al suelo para dejar paso a la nueva ciudad.
Datos para viajar a Chandigarh:
- País: India
- Provincia: Punjab
- Superficie: 114 km2
- Población: 90.000 habitantes
- Clima :Tropical
- Monzón: Julio-septiembre
Volar y alojarse en India:
Compañía aérea Jet airways: www.jetairways.com
Cadena hotelera Taj hotels: www.tajhotels.com
Más información:
Oficina de turismo de India: www.incredibleindia.org
En Amristrar se encuentra el templo dorado de los sijs
Descalzos y con la cabeza cubierta, cientos de indios se reúnen cada día en el Templo Dorado de Amristrar, el centro espiritual de la religión sij, donde sus 23 millones de seguidores peregrinan al menos una vez en la vida para contemplarlo y purificarse en las aguas sagradas del estanque Amrit Sarovar.
Los fieles inician este ritual de purificación, antes de entrar, sumergiendo sus pies en una piscina de mármol blanco en la entrada principal. Hombres, mujeres y niños caminan en silencio, pegados los unos a los otros. Ellos tienen el pelo recogido bajo un turbante y una larga barba. Las mujeres llevan el cabello muy largo, a menudo con una trenza. Y es que entre los preceptos del sijismo –la religión monoteísta fundada por el gurú Nanak en la India del siglo XV– está el de no cortarse el pelo nunca, una norma a la que se resisten las nuevas generaciones.
Las cinco ‘K’.
Todo buen sij tiene una serie de deberes que ha de cumplir: tener siempre presente el nombre de Dios, ganarse la vida trabajando honestamente, practicar la caridad, servir al resto de la comunidad sij y huir de los cinco impulsos malignos: la lujuria, la codicia, el apego a los bienes materiales, la ira y el orgullo. Su fundador, el gurú Nanak (1469-1539), condenó el culto a los ancestros, la astrología, las castas, la discriminación sexual y los ritos brahmánicos.
100 kilos de oro iluminan Amristrar
A las cinco y media de la madrugada, la polvorienta y caótica ciudad de Amristrar amanece teñida de colores malvas. Los primeros rayos de sol iluminan la cúpula dorada, compuesta por 100 kilos de láminas de oro, del Harmandir, el espacio más sagrado del templo, que flota en el centro de las aguas del Amrit Sarovar, el llamado estanque del Néctar de la Inmortalidad. Algo especial debe tener esa agua, a juzgar por el tamaño de los peces de colores que se acercan a la orilla, atraídos por el movimiento de los fieles que beben y se sumergen en el agua sagrada, aferrados la mayoría a cadenas de hierro, al no saber nadar.
Los sijs a menudo comparan el Harmandir con un barco que “atraviesa el océano de la ignorancia”. Dentro, los granthis o custodios se turnan cada tres horas para entonar la continua lectura del Libro Sagrado, que recoge las enseñanzas de los 10 gurús sijs y conforma los cimientos de su religión. Tardarán dos días en completar su lectura. Un hermoso puente une el Harmandir con el patio circundante frente al Akal Takht, la segunda dependencia más sagrada del complejo, un símbolo del poder de la divinidad en la Tierra, hacia donde se transporta cada anochecer el Adi Granth en una asombrosa procesión que ningún viajero debería dejar de disfrutar.
El visitante debe caminar siempre en el sentido de las agujas del reloj, alrededor del estanque. Los kirtans –cantos devocionales– que se escuchan a cualquier hora del día o de la noche crean un ambiente de espiritualidad y misticismo sobrecogedores.
Una de las partes más interesantes son los Gurudwaras y el Guru-ka-Langar. Los Gurudwaras son los alojamientos gratuitos que acogen tanto a sijs como a extranjeros durante un máximo de tres noches. Por su parte, el Guru-ka-Langar es el gigantesco comedor comunitario anexo a las cocinas del complejo –que rara vez se enseñan pero merecen una visita, aunque se tenga que negociar con el guía– donde se ofrece gratuitamente comida a todos los visitantes sin distinción de raza, religión o casta para reafirmar la creencia sij en la igualdad de todos los hombres. Se sirven más de 10.000 raciones diarias de pan chapati y dal, guiso de lentejas, a otros tantos peregrinos sentados sobre las alfombras del tan inmenso como limpio Guru-ka-Langar.
Chandigarh, fuerte contraste
Chandigarh, la capital del estado donde habitan la mayor parte de los sijs del mundo, es un oasis para los ricos. Con sus anchas y rectilíneas avenidas, sin demasiado tráfico, libres de cláxones –está prohibido hacerlo sonar–, sin un exceso de polución y con mucho verde produce una sensación extraña al visitante, más aún si no es la primera ciudad que visita en la India; tanto orden y limpieza resulta desconcertante.
El primer ministro y arquitecto de la independencia de la India, Jawaharial Nehru, encargó a Le Corbusier, el profeta suizo del modernismo, la construcción en 1951 de la primera ciudad planificada de la India, la nueva capital del Punyab. Buscaba crear una ciudad ajena a todo aquello que recordara a la colonización, “símbolo de la libertad de India”. Le Corbusier basó la ciudad en cuatro funciones: vivienda, trabajo, circulación y cuidado del cuerpo. Aun así, Chandigarh no es solo una ciudad para vivir, sino también para reflexionar sobre un país que sigue el pulso de la modernidad desde una perspectiva holística, integrando cuerpo y alma, que poco tiene que ver con la de Occidente.
Viajar a India, Punyab
Datos generales:
- Capital: Chandigarh
- Población: 24.290.000 habitantes
- Superficie: 50.362 km2
- Idioma: Panyabí
- Moneda: Rupia
Más información en: www.incredibleindia.org
AVANZAR A RITMO PAUSADO
En contraposición al frenético ritmo occidental, la India propone un recorrido pausado en alguno de sus clásicos trenes de lujo, como el Palace on Wheels, que parte de Delhi y atraviesa el Rajastán. Otro de los más conocidos es el que asciende a la estación de montaña de Darjeeling.
GEORGE HARRISON se sinceró ante el cineasta canadiense Paul Saltzman en 1968: “Somos los Beatles, poseemos todo el dinero y la fama que se pueda desear, pero eso no es lo mismo que tener amor, salud y paz interior”. Así que, para encontrarlos, se fue a la India, y su influencia le marcó profundamente a lo largo de toda la vida. Un proceso común en muchos de los que visitan el país asiático, que notan cuando vuelven a casa que algo ha cambiado dentro de ellos. Quizás una nueva forma de ver las cosas y, por supuesto, centenares de imágenes grabadas a fuego en la mente: desde las impresionantes cumbres del Himalaya hasta los paisajes –naturales y humanos– que deja el Ganges a su paso. Y, por supuesto, el impacto de la filosofía, cultura y arte que emana de todo su territorio, en especial del triángulo de oro formado por las localidades de Delhi, Agra y Jaipur. En el vértice norte se sitúa Delhi, una de las localidades más antiguas del mundo, con más de 3.000 años de edad y una extensión inabarcable para el visitante, que puede verse aturdido en un primer momento por la riada de gente, vehículos y animales que cruza las calles. De hecho, en su territorio se han construido hasta siete ciudades a lo largo de la historia, y algo queda de todas ellas. Además, hay que tener en cuenta que en el interior de la metrópoli se encuentra también Nueva Delhi, la capital de la actual república, en la que se concentran las avenidas más esplendorosas, los edificios gubernamentales, los comercios más modernos y la mayoría de hoteles. La vieja Delhi, en cambio, acapara los monumentos de mayor interés, como el Fuerte Rojo; un palacio de la época musulmana construido con piedra arenisca; la mezquita Jama Masjig; una de las más grandes de toda la India; o el templo Gurdwara Bangla Sabih, lugar de peregrinación de sijs e indios, con su reconocible cúpula dorada. En la ciudad antigua también se encuentra el bullicio de la vida cotidiana, con unos mercadillos llenos de actividad que rebosan colores y olores poco habituales para el visitante occidental, en los que se pueden encontrar piezas de artesanía procedentes de todo el país.
HOMENAJE PÓSTUMO
En el vértice este del triángulo se encuentra Agra, donde inevitablemente destaca el Taj Mahal, el titánico homenaje póstumo del emperador musulmán Sha Jahan, de la dinastía mogol, a su esposa favorita. Un conjunto de edificios integrados entre los que sobresale en el centro el mausoleo, cubierto por la cúpula de mármol blanco, que el emperador mandó construir tras la muerte de su mujer, en una quizás desmesurada muestra de amor, que requirió el trabajo de cerca de 20.000 obreros y la participación de los más destacados artesanos de la época durante 21 años. Se trata de la muestra más perfecta de la arquitectura mogol, que mezclaba las influencias del arte islámico, persa, indio y turco. Todo el exterior está decorado con caligrafías de pasajes del Corán, elementos geométricos abstractos y motivos vegetales. El triángulo queda completado por Jaipur, llamada la ciudad rosa porque fue construida en gran parte por piedras rojas que han adquirido tonos más pálidos con el paso del tiempo. El símbolo de la capital del Rajastán, el estado más colorido de todo el país, es el Hawa Mahal, o Palacio de los Vientos, denominado así por sus 953 pequeñas ventanas, que permitían que el interior se mantuviera fresco incluso en verano. Estas aperturas, no obstante, tenían otra función: permitir que las mujeres de la realeza pudieran observar la vida cotidiana sin ser vistas. Aparte, la ciudad requiere la visita inexcusable a sus bazares, donde se expone el trabajo de los artesanos, que elaboran saris y tejidos de mil colores, pantuflas de piel de camello bordadas, pequeñas zapatillas de seda y maderas lacadas. Recuerdos de la India. Aunque los más especiales, sin duda, viajarán por dentro de por vida.
BAZARES LLENOS DE COLOR
Más allá de monumentos extraordinarios y paisajes naturales de impresión, la vida cotidiana de las diversas ciudades de la India se descubre en sus bazares. Bulliciosos, ruidosos y plagados de gente, se puede adquirir casi de todo. En especial sedas, artesanía, figuras talladas en madera, alfombras o joyas. Pero las que aportan una buena dosis de color y sumergen todo el mercado en un aroma especial son las especias, condimentos responsables de la inmensa mayoría de platos de la gastronomía india. Las más utilizadas son el ají, la mostaza negra, el comino, la cúrcuma, el jengibre, el cilantro, el cardamomo, el azafrán, la canela y el clavo, entre muchas otras. La mayoría de recetas se acompañan de salsas fruto de la mezcla de un buen número de especias, como el mismo curri, el garam masala o el taandori masala. También se suelen utilizar hojas aromáticas como el laurel, la hierba del cilantro o la menta. En cualquier caso, para quien quiera llevarse de recuerdo un puñado de ellas, debe saber que los indios son grandes vendedores y amantes del regateo. Así que toca negociar hasta lograr un precio que pueda considerarse justo. Un buen consejo es no mostrarse demasiado interesado y amenazar con irse a otro puesto. Eso sí, ellos siempre se llevarán la palma.
TEXTO EDUARD PALOMARES

