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El conjunto de recursos naturales de su territorio y el clima mediterráneo constituyen una característica fundamental del Alguer.
Hace pocos años fue declarado parque natural el entorno de Porto Conte, con más de 5.000 hectáreas que se funden con el área marina protegida del cabo Caccia isla Piana.
Desde lo alto, lo primero que llama la atención son los 80 kilómetros de costa, la Riviera del Corallo, repletas de playas arenosas y cumbres montañosas sobre el mar.
Una visita al Alguer sumerge al visitante en un itinerario rico en historia, que se mueve entre la ciudad vieja y el territorio. El Alguer es un museo a cielo abierto, un espacio en continuo movimiento y transformación. Uno de sus principales atractivos consiste en pasear por las calles y callejuelas más antiguas de la ciudad fortificada que aún conservan el aspecto original.
Mirando desde el norte, se observan arrecifes calcáreos, con los 326 metros de Punta Cristallo, el lago de Baratz, y las espléndidas aguas que rodean la isla Piana, el cabo Caccia, el golfo de Porto Conte y las playas de Le Bomarde y del Lazareto, así como pequeñas calas y ensenadas.
Es en esta vertiente de la costa donde se encuentra el refugio forestal del monte Timidone, morada de una de las últi- mas colonias de los grifones del Mediterráneo.
En esta zona se pueden realizar desde itinerarios a caballo hasta escalada en las paredes rocosas.
A la gruta de Neptuno, situada en el cabo Caccia, se puede llegar por mar con los transbordadores que parten del puerto turístico y de Cala Dragunara, o por tierra, recorriendo la escalera del cabirol, que baja por el acantilado hasta la entrada de la gruta.
Esta es la principal de un importante conjunto de grutas, algunas de las cuales están sumergidas y en las que se puede hacer submarinismo. Después se encuentra Fertilia y los cinco kilómetros de playa finísima que llevan hasta la ciudad.
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Un destival de cine de cine invita a engullir un estreno tras otro, casi sin salir de la sala de proyección. Sin embargo, la cosa debe cambiar si se habla de la Mostra de Venecia o del Festival de San Sebastián. Y es que sería un delito digno del peor Hannibal Lecter obviar lo que ofrecen las dos ciudades más allá de la ficción. La Bienale comenzó ayer y se alargará hasta el próximo 6 de septiembre, con muestras no solo cinematográficas, sino también de arte, literatura, danza, música y teatro, así como alguna escapada obligatoria por sus callejuejas y canales hasta llegar hasta la plaza de San Marcos. Y del 18 al 27 de septiembre recoge el testigo la ciudad vasca. Entre película y película –como la nueva comedia de Ben Stiller o la retrospectiva Japón en negro– se recomienda un buen baño en la playa de la Concha, un paseo hasta el Peine de los Vientos de Chillida y unos pintxos en la Parte Vieja.
EL PUERTO de Nápoles, en la región de Campania, es la antesala a uno de los lugares más visitados de Italia: la isla de Capri. Una extensa flota de transbordadores conduce a diario a miles de viajeros hasta este privilegiado enclave del Mediterráneo. Con apenas 17 kilómetros de perímetro, Capri no solo es célebre por su singular belleza y sus paisajes de postal, sino que ejerce de centro vacacional desde la época de la antigua república romana. Un rápido repaso a la historia de la isla descubre algunos interesantes episodios. Antes de convertirse en un referente turístico a escala internacional, cabe recordar que diversas excavaciones demuestran que Capri fue habitada ya en el neolítico y la edad de bronce. Varios estudios geológicos y sucesivos hallazgos arqueológicos avalan la teoría del geógrafo griego Estrabón, que afirma que la isla fue una vez parte de tierra firme. Capri fue la residencia del emperador Tiberio, que gobernó el imperio romano desde el año 27 hasta su muerte, diez años después. Según el historiador Suetonio, durante su estancia en la isla, Tiberio, junto a su sobrino nieto Calígula, perpetró numerosas crueldades y perversiones sexuales a sus esclavos. Otro emperador romano, Cómodo, exilió a su hermana Galeria Lucilla a la isla en el 182, donde fue ejecutada. Prácticamente abandonada tras la caída del imperio romano, Capri fue objeto de numerosos asedios y ocupaciones. El enclave mediterráneo sucumbió a diferentes incursiones piratas, sobre todo durante el reinado de Carlos I de España. Los famosos almirantes turcos Jeireddín Barbarroja y Turgut Reis saquearon la isla en 1535 y 1553, respectivamente. La autoridad religiosa también gobernó Capri (siglos XVII y XVIII). Los franceses dominaron la isla hasta el final de la era napoleónica (1815), aunque los británicos se la arrebataron de las manos durante casi dos años (1806-1808).
CÁMARAS EN RISTRE
En la actualidad, Capri es un destino turístico universal. Italianos y extranjeros acuden a la isla para comprobar in situ que los atractivos que pregonan las guías de viajes son de verdad. Pues bien, todo es cierto. La isla alberga dos núcleos urbanos: Capri y Anacapri. El primero es el principal centro de población y cuenta con dos puertos contiguos, Marina Pequeña y Marina Grande, donde desembarca la flota de transbordadores procedentes de Nápoles. Desde allí solo queda una opción: tomar la única vía que recorre el municipio y adentrarse por las angostas callejuelas que convergen en el corazón de la isla, la piazzetta di Capri, una pequeña plaza de apenas 600 metros cuadrados donde es casi obligado hacer un alto en el camino. Por este concurrido salón al aire libre desfilan los personajes más variopintos de la jet-set internacional. No es extraño detectar la presencia de paparazis con las cámaras en ristre prestos a captar la imagen que ilustre la próxima portada de una revista de papel cuché. A uno y otro lado de la plaza se sucede un continuo de boutiques de lujo, restaurantes, hoteles, joyerías, tiendas de artesanos, discotecas y salas de fiestas. La iglesia de San Stefano y la terraza del funicular –imperdonable no probar un helado en alguno de sus pintorescos quioscos– merecen otro alto en el camino.
ESPACIOS NATURALES
Para subir hasta Anacapri, situada en la cima de la isla, hay que coger un taxi, un bus o el funicular. Durante la ascensión no hay que perder detalle de las inmejorables vistas que se divisan desde los márgenes de la estrecha carretera. Desde allí se puede contemplar el contorno de la isla, el puerto, las casas y la exuberante vegetación. Una vez en Anacapri, el panorama no dista mucho del vecino Capri. Vuelven a destacar los restaurantes, las tiendas artesanales y las boutiques de moda. Fuera de ambos municipios no hay que olvidar otros puntos de gran interés como las ruinas de las antiguas villas romanas y el Belvedere de Tragara, un elevado paseo panorámico sembrado de casas señoriales, así como la increíble Grotta Azzurra (Gruta Azul, ver despiece). Otros espacios naturales de indudable vistosidad son los accidentes orográficos formados por los montes Solaro (el más alto de la isla, con 589 metros), el Cappello (515 metros), Tiberio (334), Tuoro (265) y San Michele (262). Y a los más avispados, el azar puede obsequiarles con el avistamiento de un habitante muy particular de la isla: la lagartija azul, una especie que ha hecho de estas rocas su hábitat natural.
EL REFRANERO POPULAR italiano afirma que veronesi tutti matti. Por qué se dice de los habitantes de Verona que están todos locos es una incógnita, pero basta con dar un paseo por sus calles para darse cuenta de que, tal vez, lo que hace enloquecer a veroneses y visitantes es la belleza de esta ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000. Aunque Verona ha sido habitada, dominada y conquistada por una larga lista de pueblos que han dejado huella en sus calles, la ciudad aún conserva muchos elementos de su primer periodo, como colonia romana. De entre ellos, destacan tramos de muralla, construidos en el siglo I d.C., y las dos puertas que daban entrada a la ciudad a través de las principales vías que caracterizan toda ciudad romana: Porta Borsari, que llevaba al decumanus, y Porta Leoni, que abría paso al cardus. Aunque originalmente el foro de las ciudades romanas se situaba en un extremo del cardus o del decumanus, fuera de las murallas que rodeaban la ciudad –de donde viene la denominación de foro, es decir, fuera del núcleo urbano–, con el tiempo se ubicó en la intersección de ambas calles. Esta plaza surgida del cruce del cardus y el decumanus se convirtió, a partir de la edad media, en la zona del mercado. Y en el caso de Verona, el antiguo foro romano, situado en la actual plaza Erbe acoge, aún hoy, un activo mercado diario con tenderetes de recuerdos. Con la llegada de los pueblos bárbaros, y llevados por las prisas y el miedo, los romanos construyeron muros con piedras recicladas y, de vez en cuando, un capitel se descubre entre las demás rocas comunes. El trazado recorrido por los muros tampoco fue el habitual perímetro regular, casi perfecto, sino que, en el caso de Verona, muros sin planificación, aquí y allá, se alzan en distintas zonas de la ciudad, sorprendiendo al visitante que los va descubriendo al pasear por la ciudad.
ÓPERA AL AIRE LIBRE
Fuera del recorrido de todas estas murallas, los antiguos romanos construyeron la Arena que, sin embargo hoy, se halla en pleno centro histórico de la ciudad, cerca de la plaza Bra. Este anfiteatro ha sufrido muchos cambios desde sus inicios. Seguramente el más importante fue debido al terremoto de 1117, que hizo desplomarse parte de las tres cintas concéntricas que conformaban la Arena. De ellas hoy solo queda en pie un pedazo de muro arcado, que los veroneses llaman el Ala. Y aún habiendo perdido una parte, la Arena es hoy el tercer anfiteatro romano más grande del mundo, solo por detrás del Coliseo de Roma y el anfiteatro de Capua, cerca de Nápoles. A pesar de los cambios sufridos, la Arena ha servido –siempre y sobre todo– como escenario para espectáculos de todo tipo. En época romana eran las luchas de leones y gladiadores; en la edad media, los torneos; y hoy, es el teatro lírico al aire libre más grande del mundo. Con sus casi 2.000 años de historia, sigue siendo un óptimo escenario y, anualmente, acoge un ciclo estival de ópera, que empieza en el mes de junio y se alarga hasta agosto. El Festival Lírico de Verona fue inaugurado en 1913 con la ópera Aida, de Giuseppe Verdi, para celebrar el centenario del nacimiento del compositor italiano y, desde entonces, esta pieza se ha convertido en un emblema para el certamen: además de ser la más interpretada, desde 1992 se recita cada año sin falta.

